Capitalismo y generación de falsas necesidades

Vivimos en una época donde el capitalismo ya no se contenta con explotar la fuerza de trabajo: ahora extrae el alma. El capitalismo de vigilancia, un régimen económico que no produce mercancías materiales, sino conductas predecibles. No vende objetos, sino acceso a nuestros hábitos, emociones y deseos más íntimos. Lo que antes eran espacios privados el ocio, la amistad, el amor, el descanso se han convertido en minas de datos, gestionadas por algoritmos que aprenden más de nosotros que nosotros mismos. Pero claramente, dónde hay relaciones de dominación, hay relaciones de resistencia, desde el código libre, las aplicaciones alternativas, los entornos digitales auto gestionados, hasta la colectivizacion del conocimiento y recursos como un acto de emancipación colectiva.
En este sistema, la virtualidad no es un simple complemento de la vida: es su infraestructura fundamental. Todo lo que hacemos desde caminar con el celular en el bolsillo hasta mirar una serie o abrir una app genera información que será cuantificada, clasificada y monetizada. Vivimos dentro de una maquinaria que mide y valora cada movimiento, cada clic, cada silencio. Y lo hace con la precisión del capital más sofisticado de la historia: aquel que convierte la vigilancia en rentabilidad.
La economía digital perfeccionó el arte de fabricar falsas necesidades. Los vehículos, las camas, las cámaras, los celulares, los televisores, entre otros objetos y tecnologías. Se encuentran llenos de anuncios, necesidades de conexión constante de internet y en primera instancia, la obligatoriedad de realizar planes de subscripciones para poner utilizar de forma completa los objetos que ya traen de fabrica dichas funciones.
Esta multiplicación de suscripciones es el síntoma más claro de una falacia neoliberal: el mercado no se regula solo, sino que se reinventa para mantenernos atados. Pagamos por lo que ya es nuestro, por lo que debería formar parte de la vida material sin condicionamientos. La dependencia de la conexión revela un nuevo tipo de coerción: no basta con estar en la red, hay que estar en sus redes, sus servidores, sus ecosistemas de datos que alimentan el capital informacional.
La disputa, por tanto, no se reduce a los derechos del consumidor. Es una cuestión de soberanía digital, de autonomía colectiva. En una sociedad hiperconectada especialmente en los espacios urbanos la resistencia pasa por reapropiarse del territorio virtual. Crear comunidades que practiquen una ética hacker en el sentido de Steven Levy: la creencia en la libertad del acceso a la información, en la descentralización del poder, en la colaboración como principio político y técnico.
La disputa no es en la limitada racionalidad de los “derechos del consumidor”, la disputa trasciende mucho más. La realidad de una sociedad hiper conectada, es una realidad innegable, al menos en los espacios urbanos. Aquí es donde las dinámicas territoriales de las comunidades en los espacios históricamente disputados es donde entran a la virtualidad. Es posible y es necesario generar comunidades y territorialidades virtuales.
Las suscripciones y algoritmos diseñados para captar atención y moldear conducta son el último paso en la mercantilización total de la experiencia humana. Frente a ello, el acto más radical es reaprender a usar la tecnología con conciencia, no como usuarios cautivos, sino como sujetos libres que entienden el código y deciden sobre él.
Solo cuando el código vuelva a manos de la comunidad, hablaremos de libertad.
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